Cuando estoy triste soy capaz de deshilachar ese sentimiento, saber qué dolor o ansiedad corresponde a cada hebra, de qué material está hecho y quién tejió con él. Pero cuando estoy feliz e intento centrarme en esa felicidad, mi mente salta de emoción en emoción sin pararse a pensar por qué. Sin entender qué es lo que genera esa felicidad cuando en otro momento eso mismo lo identifiqué como un estresor y descubrí todos sus entresijos. Pero la felicidad simplemente está. Simplemente es. Parece que si consiguiera listar las causas por las que he llegado a esa felicidad, no fuera tanta la felicidad, sólo excusas para obligarme a sentirme bien. Intento pensar en el porqué está ahí, y sólo siento que me lo merezco. Y qué coño, ¡me lo merezco!
No me mires, por favor. No sé leerte. Tus ojos cristalinos siempre me han permitido descubrir cada recoveco de tu mente, de una forma que ni tú llegas a comprender. Pero los has pintado para que no pueda ver en tu interior, y tengo miedo de lo que estás tratando de ocultar. No me mires, por favor. No logro entenderte. Asumo mi parte de culpa por haber fortalecido ese nudo que te oprime la garganta y te impide respirar. Déjame entregarte mi fuerza para deshacerlo, aunque duela, aunque me sangren las manos y aunque me parta en dos. No me mires, por favor. Me siento impotente. Déjame limpiar contigo el derrumbamiento de tus fortalezas. Piedra a piedra. No quiero mirar a lo lejos como te pierdes en las ruinas de tus emociones, junto con un dragón escupefuego que las ha convertido en sus dominios. Quiero ser tu caballera. Quiero ser tu camarada. Quiero ser tu apoyo. Pero si no me dejas serlo… Por favor, no me mires.
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